6.- EXPLOTACIÓN Y ORDEN TECNOLÓGICO BURGUÉS.
Mas el control estricto necesita, para aplicarse, de la existencia de imperativos socioeconómicos y de estructuras de poder que lo apliquen abiertamente. Este contexto se fue imponiendo a lo largo del siglo XVI dependiendo del desarrollo desigual del capitalismo europeo. D. Rei lo expone así:
"En Inglaterra y Holanda la relación entre artesanos, mundo científico y compañías comerciales fue muy estrecha: en las primeras escuelas de navegación, matemáticas, astronomía y técnicas náuticas se unían alrededor de problemas como la determinación de las distancias; el magnetismo fue estudiado por Gilbert en base a las observaciones de Robert Norman, fabricante de brújulas; el primer traductor inglés de Euclides, el astrónomo John Dee (1527-1608), técnico de la compañía marítima Moscovia-Catay, puso su colección de instrumentos a disposición de los viajeros, que en la época de Elizabet I estimuló a recorrer todas las rutas. La defensa de las profesiones mecánicas (o "industriales") era ya costumbre en una sociedad donde aparecían, por vez primera los inventores de profesión (los "proyectistas"). En la propiedad de explotación de las patentes, la monarquía absoluta tenía que competir contra los parlamentarios burgueses. Por el contrario, el senado de la ciudad alemana de Dantzing proponía, en 1579, condenar a muerte al inventor de un telar capaz de tejer en poco tiempo gran cantidad de tejidos..." (60).
Comportamientos tan opuestos como el alemán y el inglés a finales del siglo XVI muestran los efectos del desarrollo desigual y combinado en la evolución del capitalismo, y muestran también la importancia de las decisiones colectivas e individuales en ese desarrollo, es decir, del factor subjetivo en la historia. Me interesa detenerme un instante en esta cuestión porque es vital en las relaciones entre el capitalismo y las tecnologías ya que hunde el mito mecanicista del desarrollo tecnológico. Son los intereses sociales contradictorios los que orientan, dentro de condiciones objetivas más o menos moldeables, las grandes decisiones humanas.
Por ejemplo, un hecho como saqueo brutal por el ejército español de la opulenta ciudad de Amberes en 1576, que expresa el inicio de la decadencia de los Austria y la necesidad de recurrir a esos métodos expoliadores tan feroces, fue interpretado de manera muy correcta por la ascendente burguesía europea de modo que ésta optó conscientemente por trasladarse a Amsterdam con repercusiones cualitativas sobre el capitalismo. W. H. McNeill lo expresa así: "Ese rápido cambio de emplazamiento de la actividad financiera fue consecuencia de las acciones de un gran número de particulares que decidieron que sus bienes y su dinero estarían más a salvo en Holanda, donde los burgueses tenían el control político, que en Amberes, ciudad gobernada por los españoles. Decisiones privadas de esta naturaleza hacían que el capital pudiera emigrar muy rápidamente a lugares donde se consideraba que los costes de protección eran los mínimos. Los capitalistas que no lograron escapar de los lugares sometidos a una fuerte presión fiscal, pronto vieron sus recursos muy menguados" (61).
La capacidad de traslación rápida de los capitales privados de un lugar a otro, superando obstáculos que ahora nos parecen increíbles, es una constante del capitalismo que conviene no olvidar porque, como veremos en el estudio de la famosa "globalización", actualmente se repite sin dar un salto cualitativo sino sólo un aumento de velocidad. Pues bien, la aceleración de la velocidad de movimiento del capital se explica mediante la dialéctica entre las leyes "endógenas" y las "exógenas". No hace falta recurrir aquí a las obras maestras de Marx y Engels como ejemplos, ni tampoco a las aportaciones enriquecedoras de Wallerstein y otros autores, para comprender esa dialéctica, aunque ahora sí queremos reseñar tres factores de peso especial por su importancia como son, uno, la experimentación técnica en todo lo relacionado con lo militar; otro, la propagación del mecanicismo como síntesis social causada por el impacto creciente de la técnica mecánica en el conocimiento occidental y, por último, la aparición y expansión del consumo más allá de la subsistencia y de la reproducción de la fuerza de trabajo. Estos factores, entre otros, han sido muy importantes en la evolución de la tecnología capitalista.
El primero, el militar, no tuvo sólo influencias mediante los avances técnicos en las armas aunque estas fueron innegables, sino sobre todo por el efecto global que supuso para la sociedad el conjunto de cambios burocráticos, administrativos, contables, fiscales, mineros, de transportes, educativos, etc., al desarrollarse la llamada "revolución militar". Recordemos que, siguiendo a G. Parker (62), esta "revolución" comenzó en los decenios de 1530 y 1540 y dio otro salto entre 1672-1710. Casi dos siglos en los que la totalidad de las estructuras de poder evolucionaron en inseparable relación con los avances técnicos militares, con las tecnologías que creaban y con sus efectos sobre el resto de la vida colectiva.
Mumford es tajante: "En cada fase de su desarrollo moderno fue más bien la guerra que la industria y el comercio, la que mostró en plan general los principales rasgos que caracterizan a la máquina. El levantamiento de planos, el uso de mapas, el plan de campaña --mucho antes de que los hombres de negocios idearan los diagramas de organización y de ventas-- la coordinación del transporte, los suministros y la producción (mutilación y destrucción), la amplia división entre caballería, infantería y artillería, y la división del proceso de producción entre cada una de dichas ramas; finalmente, la distinción de funciones entre las actividades de la plana mayor y las del campo, todas estas características colocaron al arte de la guerra muy por delante de los negocios o de la artesanía con sus mezquinos, empíricos y faltos de perspicacia métodos de preparación y operación. El ejército es de hecho la forma ideal hacia la cual debe tender un sistema industrial puramente mecánico" (63).
La necesidad de orden, precisión, optimización de recursos y máximo control posible de la incertidumbre, obsesiones características de los ejércitos de Sumer a Roma, pasando por China, reaparecieron con fuerza en otras sociedades, por ejemplo en la mongola de Gengis Khan (64) al comienzo del siglo XIII, pero no fue hasta comienzos del siglo XVI en Europa cuando la obsesión por el orden encontró la base material para su definitiva aceptación en la síntesis social que es el conocimiento colectivo. Base material imposible de eludir por lo que: "En primer lugar estudiaremos la técnica militar, porque los contemporáneos le concedieron mucha mayor atención que a las demás. Es sabido que había en Europa noblezas, cuyo origen se remontaba a las noblezas militares de la Edad Media, y para quienes el ejercicio de las armas era la profesión noble por excelencia; pero la atención que le prestaban era también manifestación de una necesidad permanente: el Estado que no posee un ejército poderoso desaparece muy pronto; sólo el arte militar puede garantizar a los pueblos la existencia, la independencia y la seguridad, bienes fundamentales sin los cuales no pueden existir otros" (65). Los Estados de aquella época debían luchar a muerte por su supervivencia porque la economía capitalista pre-industrial avanzaba como una marea arrasadora en la mundialización del mercado y de la expoliación. G. Rudé nos ha legado un brillante capítulo -"las guerras y la expansión europea" (66)- en el que explica el papel decisivo de la guerra tanto en las contradicciones entre nobleza decadente y burguesía ascendente en el siglo XVIII, como de las tensiones internacionales de los Estados europeos y las repercusiones de ambos en la expansión del capitalismo europeo.
(60) Darío Rei: "La revolución científica. Ciencia y sociedad en Europa entre los siglos XV y XVII". Icaria, Barcelona 1978, pág. 97.
(61) Willian H. McNeill: "La búsqueda del poder. Tecnología, fuerzas armadas y sociedad desde el 1000 d.c.". Siglo XXI, Madrid 1988, pág. 116.
(62) Geoffrey Parker: "La revolución militar. Las innovaciones militares y el apogeo de Occidente 1500-1800". Crítica. Barcelona 1990, pág 199.
(63) Lewis Mumford: "Técnica y civilización". Ops. Cit. Págs. 109-110.
(64) Anthony Livesey: "Los grandes jefes militares y sus batallas". Folio, Barcelona 1996, págs. 28-35. Y Harold Lamb: "Gengis Khan, emperador de todos los hombres". Altaya, Barcelona 1998.
(65) AA.VV: "El Siglo XVIII. Revolución intelectual, técnica y política (1715-1815)", Destino, Barcelona 1981, Volumen, I , pág. 149.
(66) George Rudé: "Europa en el Siglo XVIII. La aristocracia y el desafío burgués". Altaya, Barcelona 1998, págs. 276-298.